Creo que a mi papá le agradan las películas asiáticas de artes marciales. Los domingos en las tardes lo encuentro viendo esas película de chinos bigotones lanzándose por el aire, casi volando entre árboles y dándose golpes con absurdos movimientos.
Recuerdo que un día hace ya más de veinte años me llevó al cine a ver una de esas películas. Si la memoria no me falla, era sobre tres o cuatro hermanos huérfanos que practicaban karate (o quizás kung-fu) que se defendían de un grupo de yakuzas. Y si bien era una película de lucha, tenía también mucho de cómica. Creo que años despues hicieron un versión inglesa de esta película, aunque su nombres ya está perdido en mi memoria.
Pero este relato no trata sobre el gusto de mi padre por las películas de artes marciales, ni sobre aquella película que me llevó a ver ya hace tanto tiempo atrás. Yo quiero escribir sobre aquel trágico corto que pusieron minutos antes de la película cómica y quedaría grabada en mi memoria por más de veinte años.
Una mujer discutía con un hombre, o parecía discutir con él -¿la película era muda?- Ella abandona su precario hogar con un pequeño bulto en manos ¿llorando? era su bebé, el hijo de ambos. Ella trata de comprar alimento para el bebé, pero no tenía suficiente dinero. La discusión con su marido había sido por falta de dinero.
Ella caminaba por la playa cargando a su hijo, estaba atardeciendo en aquella desolada playa y se sentía el sufrimiento de ambos, el hambre de ambos. En su lento andar por la playa, ella divisa una joya entre las piedras. Divisa la solución para sus problemas.
Deja a su pequeño bebé entre algunas piedras, mientras ella va a recoger aquel tesoro. Su mano derecha se hace camino por un agujero para recoger la joya, pero esta se encuentra muy profunda entre las piedras. En un nuevo intento por alcanzar aquel brillante tesoro comienza a introducir más su brazo entre las piedras.
El bebé llora, la marea está creciendo y algunas gotas de las olas han comenzado a caer sobre su carita. La mujer abandona su búsqueda por la joya e intenta ver a su hijo, pero es demasiado tarde, su brazo está atrapado entre las piedras. El bebé sigue llorando, la marea sigue subiendo.
La mujer gritaría y lloraría mientras su mano sangraría en su fútil intento por escapar de las piedras. El mar ya había reclamado al bebé cuando alguien logró rescatar a la madre.
Pequeñas memorias
jueves, 13 de enero de 2011
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Dos por dos
Viví hasta los doce años, en una pequeña quinta en la cuarta cuadra del Jr. Emilio Althaus en Lince. Esta quinta tenía por única entrada un estrecho pero largo pasadizo, en la que los chicos nos poníamos a jugar a la pelota, al lingo, o al mundo. En esos días, las tardes pasaban rápidas y sin muchas novedades y contratiempos, salvo quizás, algunos viernes.
No recuerdo muy bien desde cuanto lo llamaban así, ni a quien se le ocurrió ponerle tan curioso nombre, pero le encajaba perfecto, aunque suene extraño, dar este adjetivo a un loco.
"Dos por dos", era el nombre con el que había bautizado los chicos mas grandes de la quinta a aquel loco. El pobre harapiento caminaba cargando una bolsa igual de negra que sus hilachas de ropa, caminaba rápido, como apurado. Siempre balbuceaba. Cuando lo veían venir, algunos chicos salían y comenzaban a llamarlo. "Dos por dos"..."dos por dos" le decían cuando se acercaba. Era entonces cuando aquellos ojos tristes de loco se tornaban audaces, y abría la boca para decirnos claramente "cuatro".
No recuerdo muy bien desde cuanto lo llamaban así, ni a quien se le ocurrió ponerle tan curioso nombre, pero le encajaba perfecto, aunque suene extraño, dar este adjetivo a un loco.
"Dos por dos", era el nombre con el que había bautizado los chicos mas grandes de la quinta a aquel loco. El pobre harapiento caminaba cargando una bolsa igual de negra que sus hilachas de ropa, caminaba rápido, como apurado. Siempre balbuceaba. Cuando lo veían venir, algunos chicos salían y comenzaban a llamarlo. "Dos por dos"..."dos por dos" le decían cuando se acercaba. Era entonces cuando aquellos ojos tristes de loco se tornaban audaces, y abría la boca para decirnos claramente "cuatro".
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